[Este, como ven, es un artículo muy largo. Lo siento, principalmente por el efecto disuasorio que, seguramente, tendrá en algunos lectores con poco tiempo o paciencia. Trata de un problema inédito, o casi, en estas páginas: las nefastas prácticas educativas que emplea la mayoría de padres hoy día en este país (en todo Occidente, más bien). Diría yo que es uno de los artículos más políticamente incorrectos de este magnífico blog. Si alguna razón llevo, la longitud del escrito estará, creo, plenamente justificada.]
LOS PADRES: LA ASIGNATURA PENDIENTE
¿Por qué nos llamamos Deseducativos? En pocas palabras: porque entendemos que los docentes están para enseñar, no para educar. Si los maestros y profesores deben dedicarse, principalmente, a transmitir contenidos académicos, ¿quién debe educar? ¿Es una pregunta retórica? Por desgracia, no. Hoy no. La respuesta del sentido común es clara: los padres, fundamentalmente ellos. Pero ya sabemos lo que le pasa hoy al sentido común. Bien, pues si para que los docentes puedan enseñar en condiciones, los padres deben educar bien a sus hijos y que éstos se muestren respetuosos con sus mayores y maestros, ¿no es hora ya de que dediquemos aquí escrupulosa atención a las prácticas educativas de los padres de hoy y de aquí? Es cierto que otros compañeros o comentaristas han tocado el asunto con palabras certeras y contundentes, pero breves; y, salvo que me equivoque, no hay ningún artículo al respecto en estas dolientes páginas. Y a mí me parece asunto clave. Analizar los estragos que la LOGSE ha producido en las escuelas es necesario. Y examinar cómo los ideales igualitaristas han maleado la sindéresis de muchos profesores, cuestión ineludible. Sin duda, pero todos nuestros análisis quedarán incompletos mientras las prácticas educativas paternas no reciban la atención que merecen. ¿Por qué omitir el análisis del papel de los padres en el fracaso escolar?
POSIBLES CAUSAS DE LA OMISIÓN
No deja de sorprenderme la ausencia de que hablo. Creo, no obstante, saber a qué se debe. Veámoslo despacio. Los maestros y profesores más lúcidos señalan el comienzo del ocaso académico en la implantación de la LOGSE. ¿Por qué no hacen lo propio los padres? ¿Por qué éstos le echan la culpa a los docentes y no a la ley igualitarista? Hay varias y complejas razones que lo explican. Para empezar, esa ley la conocen y sufren los docentes, no los padres. La sufren a diario. De ahí la necesidad imperiosa que tiene el profesorado, o parte de él, de sacudírsela de encima: la desazón que causa no le permite trabajar honrada, digna y eficazmente. Hay un antes y un después de la dichosa ley.
La Administración logsiana, además, halaga a los padres y les concede poderes decisorios en cuestiones académicas, les regala libros, ordenadores… Los soborna, en definitiva. Y lo más importante, la ley exime a muchos de tener que estar pendientes de la evolución académica del hijo, por todo aquello de la promoción automática y el abaratamiento de títulos. Es difícil que los padres puedan tener una visión nítida y objetiva de la ley en cuestión. Lo públicamente visible e inmediato es el docente, no la ley bajo la cual éste trabaja o intenta trabajar.
Es cierto que, desde hace años, padres y docentes libran una agria batalla de acusaciones y reproches mutuos. El cruce de perlas y donaires entre unos y otros es ya cacofónico ruido de fondo; sin embargo, no hay, que yo sepa, ostensible intención en estos de atribuir públicamente a los padres la parte de culpa que, sin duda, tienen. Es la ley de marras la que ha sido blanco de los más duros, agudos y certeros análisis, hechos por la facción más crítica e inteligente de los profesionales de la enseñanza. Se ha destazado con habilidad de fino anatomista. Una crítica valiente, demoledora y sistemática que merece aplauso y reconocimiento.
¿Qué hay de los padres? Se percibe, diría yo, un cierto miedo o, cuanto menos, reparo en corresponsabilizar públicamente a la población de progenitores de la bancarrota académica que nos compunge. Como si se tratara casi de un tabú o una imputación políticamente muy incorrecta. Un escrúpulo que convierte en tráfico vergonzante la queja cotidiana de los atribulados profesores. ¿Por qué ese reparo a hacer la imputación correspondiente? ¿Por qué ese pudor? En las tiendas, el cliente siempre tiene la razón. En las democracias, especialmente las picadas por la viruela de la demagogia y la venalidad, es el pueblo quien siempre la lleva, aunque no la lleve.
General es la idea, igualmente, de que los padres –el pueblo, el sagrado e inocente pueblo llano- es, antes que nada, víctima de componendas y contubernios gubernamentales. Víctima de la propaganda y de oscuros planes del poderoso. Frágil e indefenso se le supone frente la arrolladora maquinaria estatal. Para colmo, cualquier propuesta de cambio –en educación o lo que sea- necesitará del apoyo electoral de la población. Nuestros propósitos podrían verse truncados si los padres se sintieran molestos u ofendidos con nuestras palabras. De una u otra manera, antes o después, necesitaremos su colaboración, tenerlos de nuestra parte. Al cabo, ese ciudadano-cliente goza del privilegio de no ser responsable de sus actos o de buena parte de ellos. Todos (o casi todos), políticos, comerciantes, poderosos e intelectuales, lo quieren inocente de toda culpa.
Hay más razones que explican la omisión. Veámoslas. Los correligionarios de la secta pedagógica exculpan la ley. Lógico, ellos la hicieron o la apoyaron con entusiasmo. Arguyen que la sociedad ha experimentado cambios perjudiciales para la escuela. Ominosamente, señalan la inmigración como concausa del desastre (si acaso, milagro mediante, lo reconocen, que no siempre). Los datos no avalan la coartada. Ricardo Moreno Castillo desmontó la falacia con brillantez. Esa, y otras muchas falacias…
De acuerdo, pero preguntémonos abiertamente: ¿todos los cambios sociales que se han producido en España desde que contrajimos la LOGSE, o desde la instauración de la democracia, eran, o son, buenos para la enseñanza? Me temo que no. Los cambios sociales que señalan los pedagogos palatinos no son, ciertamente, el origen del estropicio. Mas sí otros que aquí apuntaré. ¿Por qué no ponerlos en el punto de mira y denunciarlos? La cuestión es que si nosotros, los autores de esta bitácora y afines, afirmásemos que algunos cambios sociales han coadyuvado a malograr la escuela, nuestros nefastos opositores –los pedagogos oficiales y gurús educativos- podrían engallarse y creer que se les está dando la razón, siquiera en parte, y que a la ley no le alcanza culpa. Y no: le alcanza de lleno. Lo que ocurre es que el virus LOGSE (su espíritu) es pandémico. Ha penetrado las líneas defensivas del sentido común de la escuela, los hogares, la justicia, la política toda y las instituciones. Los pedagogos logsianos (y los psicólogos progresistas) son también, en gran medida, culpables de los cambios sociales que malogran la educación y la formación académica de niños y jóvenes. Es una áspera ironía que los pedagogos logsianos quieran desviar la atención hacia unos torticeros cambios sociales y familiares que ellos mismos han provocado o, cuando menos, bendecido. Cuando señalan la televisión como una de las causas del fracaso educativo, siento remoción de intestinos. Sí, ciertamente, la televisión no es ningún buen influjo educativo ni académico. Verla, empaparse de ella, contribuirá a hacer una juventud más superficial y banal, más insolente, iletrada y caprichosa. ¡Sí, pero es que esa televisión-basura es, como la escuela logsiana, una televisión igualitarista, relativista, progre, palurda, bastión de la libertad entendida como exabrupto, desahogo hedónico y diversión bárbara! Es la televisión de los pedagogos logseros, la que armoniza a la perfección con esos ministerios de sanidad que animan a los jóvenes (o niños) a tener sexo oral, o con los cabildos progres que organizan talleres para “enseñar” a las niñas de trece años a ligar o a masturbarse. Es la tele que glorifica una juventud desobediente y emocionalmente desapegada de los padres (abortar a los dieciséis a espaldas de los padres, por ejemplo), que ridiculiza y cuestiona la autoridad de los padres (véase lo que dice el defensor del menor, Arturo Canalda al respecto), que ensalza el taco y el hablar onomatopéyico y macarrónico… La televisión es el vocero horrísono de una política demagógica de espantosas facciones. Televisión y política entonan la misma canción. La telebasura que sufrimos es una manifestación más de una forma de entender la vida anterior a la misma LOGSE.
Los miembros de la secta pedagógica achacan al capitalismo y sus escaparates mercantiles la culpa de la debacle educativa. Confunden, por supuesto, educación (urbanidad, cortesía, atención, buen modo) con formación académica. Pero, como digo, la televisión, Internet, la radio y los demás medios de que se sirve el mercado para publicitar sus infames productos, espectáculos y servicios, son, irónicamente, hijuelos de la misma mentalidad libertaria que tan bien encarna de la secta en cuestión. Al mercado le interesa sobremanera una juventud que viva en la indigencia mental, que crea tener derecho a todo (móvil, Internet, mp3, ropa de marca, mil juguetes, tabaco, alcohol…). Una juventud entregada al capricho y el placer, que actúe siempre por el acicate de la motivación y no por la voluntad, la disciplina y el sentido del deber. De modo que los integrantes de la secta pedagógica son los menos indicados para volcar culpas en el consumismo sandio. Son ellos quienes, cantando loas a la motivación, lo promueven con más devoción y esmero. La libertad que placean y reivindican para la juventud es esa que, en su cortedad hedonista, están inflando las cuentas corrientes nada corrientes del mercader híper-lúdico.
COMUNIDAD EDUCATIVA
Nosotros podemos seguir destazando la LOGSE y demás leyes educativas clónicas y hacer caso omiso de otros factores; o considerar, todo lo más, que éstos son el epifenómeno. O podemos ampliar el foco de análisis. Ello, créanme, no aneja riesgo alguno. Pues no se trata de exonerar a aquella del peso de la culpa, sino de alcanzar una visión más cabal y realista del problema.
¿Me acerco acaso a la enojosa y manida expresión de que “educa toda la tribu”? ¿Estoy diciendo eso? Sin duda, educa o maleduca toda la sociedad. Huyo, no obstante, con brioso paso del torcido sentido que esa expresión tiene en boca de los pedagogos de relumbrón. Son los padres, principalmente, quienes deben educar a los niños. La famosa “comunidad educativa” integra, cómo no, a los maestros, y menos, mucho menos a los profesores. En general, a cualquier adulto. Pero la tarea fundamental de los docentes es enseñar. Cuando los principales educadores de esa comunidad –los padres- fallan estrepitosamente, como hoy lo están haciendo (la mayoría, no todos, evidentemente), el sistema de enseñanza se resiente terriblemente de arriba abajo. Hágase la prueba: obsérvese la distribución de aprobados y suspensos en cualquier aula. No todo alumno malo o mediocre es un maleducado; empero todos o casi todos los maleducados fracasan en los estudios. Estoy seguro de que podría establecerse una alta correlación entre el grado de mala educación (insolencia, malos modos, falta de respeto…) y fracaso académico. Mídase la educación del alumno y, de paso, se estará midiendo su rendimiento escolar.
Un niño maleducado tiene todas las papeletas para engrosar el día de mañana las nutridas colas del paro o, peor, ser carne de presidio, o, quizá, bocado fácil del narcotráfico. En el mejor de los casos, se verá obligado a vivir de trabajos precarios o peligrosos; tal vez sea explotado por oportunistas empresarios sin escrúpulos. Dar una mala educación (que es lo mismo que no darla: “laissez faire”) conlleva el desbaratamiento inexorable de la enseñanza. Ni siquiera el sistema de enseñanza más eficaz imaginable sacaría provecho de un chaval malcriado desde la cuna. Para colmo, la escuela de hoy, en la parcela educativa que le corresponde, maleduca. La escuela logsiana maleduca (en especial cuando el docente comulga con ella). Se suma, así, a las malas prácticas educadoras de los padres. Luego entraré en esta cuestión. Explicaré cuál es su parcela propiamente educativa.
Quizá algunos compañeros pensarán que nos metemos en un tinglado desbordante, que ya tenemos bastante con intentar desmontar un sistema escolar basado en unas leyes nefastas. Si ya son muy arduos nuestros problemas para cambiar algo tan concreto como esa ley o leyes, ¿no sería empresa de locos megalómanos pretender que los padres modifiquen su modo de (mal)educar a los niños o que los medios de comunicación masivos dejen de vomitar basura y de hacer el mamarracho? A mi juicio, no nos queda otra, al menos en lo tocante a los padres. La buena educación es imprescindible para aprender, estudiar y adquirir cultura y formación intelectual. Si no la hay, el resto se viene abajo como un castillo de naipes. La realidad es la que es. Negarla sería proceder como el avestruz.
No faltará, imagino, quien me acuse de querer injerirme en cuestiones privadas: cada padre tiene derecho educar como desee a su hijo –conductas punibles aparte-, y nadie debería inmiscuirse en las relaciones que mantienen padres e hijos. Sin embargo, un par de cosas: 1. Los padres sí se han injerido en cuestiones académicas y poca resistencia han encontrado en el profesorado. 2. No es injerencia informar realistamente sobre las consecuencias de educarlos bien o mal. Y me queda la legítima libertad de aseverar que los padres no están en condiciones morales de exigir a la escuela que dé una buena formación a los chavales mientras ellos, por su parte, los sigan maleducando. Padres y docentes deben exigirse responsabilidades mutuamente, pero, antes, cumplir cada cual con su parte.
Cuando se habla de sistemas escolares eficaces de los países académicamente más avanzados, ¿cuál es la razón de que no se haga explícita referencia a la relación que en esas sociedades mantiene padres e hijos? ¿Acaso no importan? Mi opinión es que para que haya buenos resultados académicos es necesario, entre otras cosas, que docentes y alumnos se lleven razonablemente bien. Por supuesto. (Si hay tirrias e inquina comunes de por medio, mal asunto). Pero para que eso ocurra, los padres y los hijos deben mantener buenas relaciones. Si son malas, también serán malas las que mantengan maestros y alumnos.
UN ANTES Y UN DESPUÉS DE LA LOGSE. UN ANTES Y UN DESPUÉS DE LA CONSTITUCIÓN
Algunos sabemos que al igual que hay un antes y un después de la LOGSE, también hay un antes y un después de la Constitución: un “padre pre-constitucional” y un “padre post-constitucional”. No son expresiones mías. Son de Emilio Calatayud, juez de menores de Granada. Conoce bien el paño.
¿Por qué la ley de marras penetró sin dificultades en nuestra escuela? Pues porque los ideales político-sociales de la sociedad casaban a la perfección con el espíritu progresista (al fin, progre) de aquella. Ni más ni menos. Las providencias y disposiciones logsianas fueron bien acogidas por la población, al menos por la mayor parte de ella. La escuela, se creía, debía dar un giro copernicano hacia el igualitarismo. Lo dio. Y no hubo protestas, sino anuencia y general conformidad. Quizá celebración. Claro, pero ahí no acabó la cosa. El nuevo espíritu igualitarista (confundido con el democrático, como advierte Juan Pedro Viñuela) también invadió los hogares y las relaciones entre padres e hijos. Y lo hizo de una forma tan sonada y cabal que lo dejó todo hecho unos zorros, cual deshecho de riada. Aulas y hogares quedaron dominados por las más memas, ridículas y necias consignas paidocéntricas. Los psicólogos progres, -señores adeptos al cientifismo, vestidos de bata blanca y con licencia para disparatar-, arrogándose conocimientos científicos que no tenían, se encargaron de dar forma a los deseos y prejuicios progresistas de la población. De cincelarlos y afianzarlos. Bajo su dirección, los señores padres aprendieron que debían ser los mejores amigos de sus hijos, sus colegas incluso. A darles un trato de igual a igual. Cuidado con negarles sus deseos, que podría traumatizarlos (tal cosa advirtió la nefastamente influyente psicoanalista Françoise Dolto). Cuidado con imponerles deberes y obligaciones, pues acabarían odiando esos deberes y a quienes los imponían. Ojo con darles un cachete o un azotazo, ojo con no contar con su opinión. Nada de reñirles y hacer que se sientan culpables (ni responsables), que eso es cosa de la moral católica y tiempos represivos… Era el turno de la idolatría de la infancia, el laissez faire y la permisividad para aulas, hogares y calles.
PROMESAS DE FELICIDAD
Los padres tenían una formidable tarea por delante, de complejidad mareante: educar a sus hijos, pero ojo, (aquí viene lo nunca visto): auto-despojados de toda autoridad. Es decir, educarlos sin poder sancionarlos ni presionarlos jamás. En realidad, el objetivo dejó de ser educarlos, sino hacerlos felices. ¿Lo consiguieron? ¿Lo consiguen?
El deseo de ser feliz es una aspiración legítima de todo humano, universal. El mundo actual, con sus incontables señuelos, escaparates y promesas (falsas), ha poblado la imaginación ciudadana de entelequias y quimeras. Tanto la política como el mercado bregan de firme para ofrecer a sus clientes la promesa demagógica de un paraíso terrenal, de una vida de excitación sin límites. Ya nos creemos con derecho a ser siempre felices. Incluso con derecho a reclamar que los demás (el estado, la sociedad, la televisión, las instituciones…) nos hagan felices. Esa quimera informa los programas políticos, las leyes igualitaristas, las continuas reformas sociales, la propaganda comercial… Felicidad a toda costa es lo que el ciudadano pide y exige para sí y para los suyos: sus vástagos.
¿Cómo conseguir una educación feliz? Educar y dar felicidad o contento no son siempre cosas compatibles; de hecho, casi nunca lo son. Educar exige imponer límites y sanciones que en modo alguno coinciden con las melifluas ebriedades de la felicidad, en especial cuando esta tiene un carácter esencialmente hedónico, gonadal, superficial y pueril. ¿Cómo educar y dar felicidad a un tiempo?
EL PLAN A: REGALOS, DIÁLOGO Y RAZONES
Los instrumentos permitidos para tan circense y paradójica tarea eran (son) el incentivo, el regalo-soborno y el diálogo democrático paterno-filial. Para que el retoño haga sus deberes domésticos o escolares no puede recurrirse jamás a la imposición, sino a la motivación. Forzar la voluntad del niño era inequívoco acto de despotismo paterno, y algo por completo ajeno a la imperiosa necesidad psicológica de procurar felicidad al hijo. “Si le hago regalos al niño, lo haré feliz, me querrá y me hará caso.” “Si dialogo con él y le pido opinión, se sentirá respetado por mí, me considerará su mejor amigo, su colega, me confiará sus secretos y conseguiré llegar a acuerdos con él, de modo que todo lo hará por voluntad propia, sin enojos ni forcejeos”.
EL PLAN B: SÚPLICAS, BRONCAS Y VISTA GORDA
¿Y si fallasen el soborno y el razonamiento dialogante? En tal caso, los atribulados padres progresistas (y, créanme, los hay de derechas e izquierdas a partes iguales), podían recurrir, qué remedio, a la súplica, el ruego, el engatusamiento, el chantaje emocional, la discusión, las voces, los reproches, las amenazas, el forcejeo y, al cabo, y muy a menudo, como nada de lo anterior funciona, la bronca y aun el azotazo (a destiempo, claro). Después, muy común también, emergerá el arrepentimiento paterno por las voces y la agresividad desatada, la sensación de impotencia y de haber fracasado una vez más… Sentimientos que se tratan de compensar con renovadas muestras de talante democrático (igualitarista más bien), nuevas cesiones y claudicaciones. Podrá observarse por doquier el miedo de los papás a enfrentarse al hijo, el deseo de evitar un nuevo encontronazo con el rey de la casa. Lo mejor es hacer la vista gorda y espesa, dejar campar libre al crío no tanto por convicción ideológica como por impotencia progenitora. Si no puedes con el enemigo, déjale hacer (y haz virtud de la impotencia). La educación “feliz” y permisiva, la que predica las bondades del buen rollo, la que cultiva los hipocorísticos y el “colegueo” paterno-filial, acaba a menudo en tremendas peloteras, espesura visual y en mucha infelicidad para todos. Esos padres no son agresivos. No se puede decir que esos niños procedan de familias violentas, ni que los padres enseñen explícitamente a sus hijos a ser violentos, ni mucho menos. Todo lo contrario. Recurren, desesperados, al azotazo, el cual solo puede tener una eficacia efímera, pues está dado a destiempo y el que lo recibe ya cuenta con una larga historia de victorias despóticas, desafíos continuos y chulería irreductible.
DELEGAR LA EDUCACIÓN DEL HIJO
Los padres y los docentes postconstitucionales debían conseguir que el crío hiciese cosas poco agradables (la cama, poner la mesa, los deberes, estudiar, ir a la escuela…) mediante el uso continuo de la fiesta y la diversión (crear un ambiente lúdico). Una alquimia didáctica de una complejidad sólo inteligible para los autodenominados “expertos” pedagogos. Como los padres no consiguen ni un minuto de paz con tan endebles instrumentos educativos, han decidido, muchos, que lo de educar es cosa de los “profesionales de la educación”. O sea: de los maestros y profesores. Y en ellos han delegado la ingrata tarea (más de un 30% de padres delegan, según leo en Internet). Como estos pobres, los docentes, tampoco pueden transmutar el vino en agua, miran al psicopedagogo de turno para que les enseñe cómo hacerlo, el truco de magia providencial. Y de ahí, entre otras razones, que se organicen continuamente cargantes e inútiles cursos pedagógicos impartidos por los “expertos” en la cuestión. Pero nada, ni oro alquímico ni vino del agua. Los niños siguen reinando con mano de déspota.
Varias fueron las razones para desterrar la voluntad de la educación en la mentalidad del igualitarista. Apuntaré sólo dos:
-Nuestra época ha acabado identificando satisfacción del deseo hedónico con libertad, y libertad con felicidad. Por tanto, la fuerza de voluntad, al ser la negación del deseo inmediato (“le echo fuerza de voluntad para no irme de copas y ponerme a estudiar”), se reputó enemiga por antonomasia de la libertad y la felicidad. Consecuentemente, se dio la bienvenida al laissez faire y la permisividad.
-Los psicólogos conductistas (positivistas) no podían ver –literalmente hablando- la voluntad en sus sujetos experimentales. En realidad, tampoco la motivación, que no es cosa que tenga masa, extensión o color, pero se las ingeniaron para “operativizarla”: ciertas conductas del roedor podían traducirse como conductas causadas y mantenidas por la motivación. No supieron hacer lo propio con la voluntad, de modo que quedó fuera de sus altas consideraciones científicas.
PADRES EN ACCIÓN
Por tanto, el niño debía hacer sus deberes motivado: contento, ajeno de toda imposición; es decir, libre, feliz. Padres y docentes se estrujan la mollera y la cartera para conseguirlo. Miles de juguetes invaden los hogares y las escuelas. Inútiles, claro, porque el niño no tiene ya curiosidad para despachar tanto obsequio, ¡que ya es decir! Reciben más regalos de los que esperan. Lo nunca visto. Conseguir anegar la curiosidad y el afán de novedad de un niño es prodigio jamás visto en la historia humana. Algo digno de reverencia y genuflexión.
Si acaso el bolsillo y el magín festivalero del adulto ya están bien secos, sin que ello encauce al niño por el camino apetecido, se puede probar con el otro recurso apuntado, también inestimable: intentar convencerle mediante razones de que tiene que hacer o dejar de hacer tal o cual cosa. Se trata, como se ve, de que el niño haga siempre lo que quiera, expedito el deseo. Si no quiere hacer su cama pese a los recursos motivadores desplegados por mamá, a esta no le quedará más remedio que ensayar aterciopeladas palabras y mullidas razones. Razones para que el nene entienda por qué es bueno que él haga su cama; y para que, el cielo lo quiera, desee hacerla en lo sucesivo. Esto, señoras y señores, ha dado, y está dando, los más hilarantes capítulos de insensatez pedagógica que jamás los siglos hayan visto. Según el talante del observador, fluirá la risa o la grima al ver al padre, un señor o señora de 50 años, pretenden razonar con un niño de dos, tres, ocho años… Veamos unos ejemplos paradigmáticos sacados de la surrealista vida real. Un rapaz de esa edad, dos años, aporrea la planta del cuidado jardín de la abuela con una pala de juguete. La madre, corajuda cual tigre de Bengala, esboza, titubeante, una meliflua explicación de por qué no hay que hacer eso: “No, cariño… eso no, no hay que pegar a las plantas, porque lloran”… Niña de cuatro años que arrebata la revista a la madre en la sala de espera del dentista: “No, cariño, eso no se hace, porque mamá estaba leyéndola antes y si me la quitas ya no puedo seguir leyéndola. Anda, cariño, devuélvesela a mamá… Mira, mamá llora”. Otra llorona. No, señora, espere usted unos años más y verá cómo las lágrimas le ruedan por las mejillas sin necesidad de forzar artificios de plañidera. A veces visito la academia de música de un amigo. Me cuenta que, en los minutos previos a las clases, por los pasillos corren y bullen, cual centellas vocingleras, niños de 4 ó 5 años, ante la santa pasividad de sus papás. Golpean puertas, se revuelcan por el piso, chillan, riñen, se propinan estimulantes patadas, lo tocan todo… Hablo con un fontanero que tiene el sentido común en su sitio. Me dice que cuando lleva a los niños, de 7 y 9 años, a la piscina siempre los vigila, no sólo por el peligro anejo al nado, sino porque es sólito que los niños más abusones campen por sus respetos, hagan rabiar a otros, se metan con los más débiles o pequeños, etc. Todo ello, agrega, ante unos padres indolentes que, en su mayoría, pasan el rato bajo las sombrillas, chismorreando, fumando y bebiendo cervezas, por completo ajenos a las maniobras de los abusones y el mal trago –nunca mejor dicho- de sus víctimas. Insisto: es lo que me cuenta el fontanero. En fin, no quiero aburrir con casos por el estilo. Todo el mundo los conoce de siete sobras.
La insolencia y los brotes de violencia infantiles o juveniles no sólo los sufren los maestros y profesores. El “buen rollo” ya florea antes en los hogares. Los niños llegan a la escuela con buenos hábitos boxísticos y agonales. Sus padres, acolchados y blanditos, ya han hecho las veces de saco y esparrin. Sin duda, la escuela es un cuadrilátero más que pronto será conquistado por aspirantes que tienen todas las de ganar.
Conviene reparar en la trascendencia del problema. La fiscalía da la voz de alarma: ha habido un aumento alarmante de casos de maltrato filial.
Esto se veía venir. Ya formaba parte de nuestra realidad nacional desde los tiempos en que brotaron las semillas del padre postconstitucional. Algunos lo venimos advirtiendo y denunciando desde hace mucho, con la inutilidad propia de quien clama en el desierto.
OBEDIENCIA Y RESPETO
La cosa es seria. Especialmente cuando reconocidos pensadores o divulgadores científicos salen a la palestra para complicar todavía más las cosas. El caso de Punset –en cuanto que pedagogo- ya ha sido aceradamente tratado por otros compañeros de Deseducativos. Pero hay más de quien guarecerse, y siento tener que decirlo así. Hace unos meses leí “La Recuperación de la Autoridad”, de José Antonio Marina. Contiene eruditos análisis y datos valiosos, sin duda. Sin embargo, falla, a mi juicio, en lo principal. Veamos qué dice sobre estas cuestiones:
“La recuperación de la autoridad pasa por la clarificación del concepto. Respecto de las normas, podemos exigir al alumno dos comportamientos: la obediencia o el respeto. Aunque ambas actitudes parezcan iguales – porque, en último extremo producen efectos muy parecidos- tienen mecanismos distintos. La obediencia implica sumisión a las órdenes de quien tiene poder para darlas. Respeto, en cambio, implica un reconocimiento de la dignidad, la capacidad o el valor intrínseco de la persona cuyas indicaciones se van a seguir.”
Parecen, a primera vista, palabras sensatas. Pero, como conozco el percal, algo hay en ellas que me alarma: estoy seguro de que las suscribiría cualquier miembro de la secta pedagógica, o cualquier padre progre. ¿No les suena a ustedes a aquello de “ganarse la autoridad”? A mí, sí. Creo que Marina contribuye muy poco a clarificar el concepto de “recuperación de la autoridad” con ese párrafo. Una porfiada falacia alienta la concepción psicopedagógica vigente, bendecida por el ilustre filósofo toledano, a saber: la de que los niños deben comprender las acciones (educativas) de sus padres o tutores. Dicho de otro modo: que los padres deben hacer lo posible para que el niño entienda por qué es bueno o necesario hacer o no hacer tal o cual cosa.
¿Qué método propone Marina en su libro para conseguir que los niños se comporten adecuadamente (hagan sus deberes escolares o domésticos, etc.)? El método consiste en leerles un cuento en que se explica y apela al sentido del deber. Leído el cuento, se supone que el niño empezará a obrar correctamente: habrá comprendido que, al igual que es deber inexcusable de los bomberos apagar un fuego para evitar víctimas, también él tendrá que hacer ciertas cosas por deber. Sí, el cuentecillo es muy convincente… para el adulto. Pero los niños, me temo, se van a quedar igual, sean pequeños o grandes. Aunque su lectura sea adecuada para niños de cierta edad, en modo alguno es suficiente. Dejémonos de cuentos: Así no se recupera la autoridad.
A mis colegas (los psicólogos) siempre les he oído la misma pamema: las instrucciones que se les den a los niños deben ser comprendidas por estos. De lo contrario –añaden- las cumplirán por la pura fuerza, en contra de su voluntad. No hay que apelar, por tanto, insisten, a la simple obediencia, que es coercitiva y despótica, sino a la intelección de la instrucción dada al crío y la conquistada aquiescencia de éste. ¿Es cierto todo esto? No, no es cierto. Los niños deben aprender a hacer determinadas cosas (o a no hacerlas) muchísimo antes de que acierten a entender ni por asomo por qué deben o no hacerlas. Este punto es tan importante que, si pudiera, lo anunciaría con luces de neón. Como no puedo, lo diré con tono apodíctico y vehemente: ¡Es una insensatez pretender que los niños entiendan el porqué de las instrucciones paternas o docentes!
La idea de que los niños deben comprender lo que les piden sus mayores se deriva de la lógica reluctancia del adulto a acatar órdenes que él no comprenda. Ningún adulto quiere, en efecto, obedecer ciegamente órdenes de nadie (bueno, sobre esto mucho habría que hablar). Quiere comprender las razones de tal o cual autoridad y actuar por voluntad propia. Es decir, desea que la autoridad de turno inspire respeto y no miedo o algo por el estilo. Muy bien, de acuerdo (con reparos que aquí no expondré), pero esto no es aplicable a los niños. Mucho antes de que un niño pueda llegar a entender razones éticas (o de otro tipo), deberá hacer mil cosas simple y llanamente porque así lo cree conveniente el adulto a su cargo: deberá simplemente obedecer. Ni más ni menos. ¿Cogen manía los niños al adulto si éste le obliga a hacer cosas cuya razón no entienden? No, en absoluto. A quienes cogen manía es, precisamente, a los padres débiles, tornadizos, agoniosos, volubles y evasivos que no saben imponer su voluntad.
¿Es cierto que los niños pequeños (y no tan pequeños) no entienden el porqué de sus deberes? ¿Por qué digo que es absurdo explicar a un niño el porqué de una orden o instrucción? ¿Por qué digo que no entiende nada o casi nada? Veamos un ejemplo. El padre le pide al niño de tres años que no dé saltos en el tresillo. Lógicamente, el niño no sabe por qué le pide eso. El padre, para que lo entienda, le dice: “es que, si saltas, el sillón se ensucia y se rompe”. Bien, ¿y qué? ¿Qué le importa al niño que se ensucie o se rompa? ¿Cómo le podría importar a un crío de esa edad que tal cosa le ocurriera al mueble? Los críos se arrellanan y revuelcan por el suelo para jugar, sin importarles ni lo más mínimo que se ensucie nada. En consecuencia, el crío seguirá dando saltos en el tresillo. Le importa un bledo en qué estado quede. El padre, entonces, vuelve a la carga. Deberá prodigarse en más explicaciones: “si se ensucia o estropea, luego hay que limpiarlo, o comprar otro nuevo”. ¿Y qué? De nuevo al crío le es indiferente que haya que limpiarlo o comprar otro. Y si el padre le explica que las cosas cuestan dinero y que éste se obtiene con esfuerzo, ¿entenderá algo el crío? No, rotundamente no. Él no puede entender ni lo que es trabajar ni lo que es dinero ni nada remotamente parecido. ¡Cómo podría entenderlo, válgame el cielo! La cuestión, estimado lector, es que, para que el niño entienda algo tan concreto y nimio como por qué no debe saltar sobre el sillón, el padre se verá obligado a explicarle la vida entera, hazaña de lo más inútil, pues cada explicación exigirá, a su vez, una explicación más compleja. El niño nada de nada comprenderá. Todas las razones le son ajenas, ninguna accesible a sus entendederas. Entonces, ¿estoy diciendo que no hay que explicar cosas a los niños? No exactamente: lo que digo es que la explicación no basta. Que el padre acompañe su orden (no su ruego, ojo) de una breve explicación, no está mal (servirá para que el crío se la repita en la cabeza la próxima vez, aunque no la entienda: “No hago esto porque mamá dice que…”). Pero nadie pretenda que con eso basta. La explicación a edades muy tiernas es, de hecho, opcional. Quizá recomendable en ocasiones, dependiendo de la edad, jamás suficiente, empero. Al niño le debe bastar con saber que al adulto le agrada o le desagrada tal o cual conducta. Para empezar y durante muchos años, así será.
De modo que, por favor, señor Marina, no pongamos la carreta delante de los bueyes. Lo primero es enseñar al niño a obedecer al adulto ciegamente: es que no hay otra manera. Con ello no se le falta el respeto ni se atenta contra su dignidad, pues se procede de acuerdo con las naturales limitaciones de su entendimiento. No es que el adulto deba tener vocación militar y desear dar órdenes y hacerlas cumplir, es que no le queda otro remedio que hacerse obedecer, le guste o no. *La manera de conseguir que el niño obedezca un mandato o instrucción es, por lo general, sencilla. Se trata de presionar al crío con consecuencias desagradables para que haga lo que debe. Si no recoge los juguetes esparcidos por el suelo, se le lleva durante unos minutos a un cuarto donde no se pueda divertir. No a un cuarto oscuro infestado de roedores, no: a un cuarto donde, sencillamente, no tenga con qué divertirse. Pasados esos minutos se le pregunta si recogerá los juguetes. Si es que sí, ahí acaba todo felizmente. Si es que no, seguirá en su cuarto otros tantos minutos (esto se repetirá tantas veces como sea necesario, hasta conseguir que el niño obedezca). Si no deja de golpear la planta de la abuela tras pedirle un par de veces que no lo haga, pues se le quita ipso facto la pala. Y así con todo. Una consecuencia desagradable para el niño sigue inmediatamente a su desobediencia. Nada debe importar que llore por la rabieta. Ni voces, ni sermones, ni zarandeos son necesarios en la inmensa mayoría de las ocasiones.
¿Y un cachete a tiempo? Algunas acciones infantiles pueden exigir un azote o cachete, pero a tiempo. Así, por ejemplo, si el niño desobediente cruza la calle sin mirar, exponiendo su vida. Así, por ejemplo, si el crío le propina una patada al abuelo, o a mamá… Nada tengo que objetar al azotazo en tales casos. A juicio de Javier Urra, bastará con un solo azote en la vida, pero dado a tiempo. Quien quiera hacer un drama políticamente correcto de esto último, que lo haga. Yo no lo voy a hacer. No faltará, por supuesto, quien me acuse de hacer apología de la violencia doméstica. Sería irónico, pues violencia continua de varia consideración es lo que hay en los hogares “gobernados” por padres progres, abanderados del “buen rollo”, el diálogo paterno-filial y las “relaciones horizontales” (que no son las de cama, como pudiera pensarse). Lo que yo propongo, con otros, es, precisamente, autoridad paterna para evitar las consuetudinarias broncas presentes en demasiados hogares (en general son conatos paternos aparatosos, más ruido que nueces, pero cotidianos y muy frecuentes).
Cuando los padres no enseñan al niño a obedecer ciegamente (¿cómo podría un niño de tres años (ó 7, ó 10…) obedecer críticamente?), aparecen los problemas. Por el contrario, cuando sí se les enseña, no suele haberlos: el niño sabe que tiene que escuchar al adulto, atenderle, obedecerle. Si no, sufrirá una consecuencia desagradable de manera inmediata. El empeño ridículo y sandio de que el adulto debe hacerse entender del niño, está dejando un rastro interminable de sufrimiento innecesario en nuestros hogares. Y destrozando la enseñanza escolar.
Obviamente, cuanto mayor sea el niño, más podrá el padre explicarle las cosas de la vida, los límites y las reglas a observar. Y enseñarle a razonar. Pero ojo, no con la quimérica intención de que así, sin más, obedezca. Si con ello bastase, fantástico. Si no, aplíquese la sanción y presión necesarias. No hay otra. Y si llora enrabietado, que llore.
(*Por razones de espacio, he resumido a lo esencial el método a emplear para conseguir que los niños aprendan a respetar a sus padres y los lógicos límites a su conducta. Lógicamente, hay otras cuestiones importantes que quedan en el tintero.)
¿GANARSE LA AUTORIDAD ANTE EL NIÑO?
Una persona adulta reconocerá la autoridad de otra cuando esta le demuestre su solvencia en tal o cual ámbito del saber. Solemos comprender por qué el médico es una autoridad en materia de salud: tiene un título que lo acredita y un saber hacer pertinente, excepciones aparte. Demuestra su conocimiento (autoridad) cuando nos cura. ¿Pero de qué manera podríamos aplicar este esquema al caso del adulto y el niño? ¿Cómo va a entender un crío de cuatro o seis años que su padre es quien debe tener la autoridad para gobernar su vida y la casa? ¿Tendrá que demostrar el papá tal cosa? ¿Cómo? Sólo plantearlo da risa. El adulto no puede demostrar nada de nada. No tiene que “ganarse el respeto” del niño, sino hacerse respetar por él, que es distinto. Y aquí, “hacerse respetar” es exactamente lo mismo que “hacerse obedecer” (empleando la presión adecuada, que no la represión). Los señores padres que no saben hacerse obedecer de sus hijos, difícilmente serán respetados por estos. El adulto, por el hecho de serlo, ya tiene autoridad sobre el niño o joven. Lo que tiene que hacer no es “ganársela” sino no perderla. Dicho de otro modo: su deber es ejercerla. Por si alguien lo duda, que sepa que también lo dicta la ley. Los artículos 154 y 155 del Código Civil establecen que los hijos deben obedecer y respetar a sus padres mientras convivan con ellos.
En el adulto el esquema es este:
1º. Comprendo por qué el otro es una autoridad en tal o cual materia: lo demuestra con sus actos. 2º. Consecuentemente, respeto sus decisiones. 3º Obedezco u observo sus prescripciones. Comprensión, respeto y obediencia.
En el caso de los niños la cosa cambia:
1º. El niño obedece presionado por el adulto. 2º. Acaba comprendiendo que es el adulto quien manda en la relación. 3º. Respetará al adulto que tome las para él ininteligibles decisiones diarias. Es decir, el proceso está invertido. Primero ha de actuar el mecanismo de la obediencia. Después, o paralelamente, el del respeto. Ningún niño reconocerá la dignidad, capacidad o valor intrínseco del adulto que no sepa hacerse obedecer.
Esta es la tesis más “atrevida” que aquí mantengo. A algunos, y con razón, les parecerá que digo obviedades. Pero recuerde el lector que lo “único” que aquí pretendemos es recuperar el sentido común, tundido por mil y una sandeces posmodernas. Estoy dispuesto a discutirla y probarla sobre el terreno, si fuera necesario, con quien lo desee en la medida de lo posible.
La paranoia posmoderna respecto del poder ha alcanzado de lleno las relaciones entre adultos y niños. Como el poder político, eclesial y militar siempre ha intimado al súbdito o lo ha convertido –o tratado de convertir- en autómata carente de juicio crítico, en alienado fanático del poder de turno, el hombre actual ha reaccionado vehementemente contra todo mandato enajenador y arbitrario. En su enjundia manumisora, ha llevado la cosa demasiado lejos, pretendiendo que hasta los niños de tierna edad deben recibir de sus mayores mandatos inteligibles, comprensibles a su (inexistente) juicio crítico (más que mandatos, sugerencias, invitaciones…). Pasará mucho tiempo hasta que la sociedad entienda que, por necesidad, los niños deben obedecer a sus mayores maquinalmente, sin comprender sus disposiciones y reglas. Hasta ese día, si acaso llegase, no habrá paz en las familias. Tampoco en las aulas.
VALORES
Empeño contumaz de la educación progresista es inculcar valores democráticos a los niños. Sobre esto, me limitaré a decir lo siguiente. Qué valores deben inculcarse o promocionarse es cosa sujeta a discusión racional. Ahora bien, lo que ninguna sociedad civilizada debe cuestionar es la necesidad de que los niños obedezcan y respeten a sus mayores. Pues si el niño no ha aprendido a obedecer y respetar a sus mayores (no por la vía del miedo, como ya he explicado), ¿de qué manera podrán estos intentar inculcarle tal o cual valor o enseñarle lo que sea? Nadie me malinterprete: la finalidad de una educación adecuada no es la obediencia de nadie. Especialmente en el niño, obedecer no es un fin, sino un medio: es la base psicológica necesaria para poder avanzar hacia el mismo reino de la reflexión ética. Si queremos formar jóvenes críticos, primeramente hemos de tener niños maquinalmente obedientes, receptivos de las enseñanzas impartidas por los adultos. Si no se crea en el pequeño la actitud de obedecer, de escuchar al adulto, en modo alguno tendrá jamás la oportunidad de formarse juicios críticos, pues estos resultan de la adquisición de conocimientos filosóficos y generales muy complejos e inaccesibles a sus mentes (muy en contra de la cuasi autosuficiencia cognitiva infantil que predica el constructivismo).
La paradoja aquí es que los fieles a la secta pedagógica y gran parte de la población consideran la misma desobediencia como un acto de crítica, y la obediencia como un acto de sumisión autómata. Partiendo de estos falaces supuestos, los beocios pedagogos de salón no pueden sino estimular y aplaudir la actitud rebelde del joven, creyéndola crítica. Indudablemente, muchos adultos hay que obedecen ciegamente. (Sin ir más lejos, los miembros o adeptos a la secta pedagógica.) De los niños pequeños no podemos esperar, sin embargo, el milagro intelectual de que sepan criticar las indicaciones del adulto, de modo que nada innatural o protervo hay en el deseo de que obedezcan maquinalmente. ¿Corremos el riesgo de formar a niños con mentalidad de soldados autómatas? En absoluto. Qué se le enseñe al niño obediente es responsabilidad del adulto. Si le enseña a pensar y a respetar a sus semejantes, bien por el adulto; ese es su deber de educador. Si le enseña a odiar y atacar a sus semejantes, ese adulto deberá, o debería, responder ante la sociedad. En todo caso, la actitud obediente es condición necesaria para formar ciudadanos cultos, críticos, inteligentes y, llegado el caso, críticamente desobedientes. Si un adulto enseña a ser obediente a su hijo y luego utiliza esa obediencia para fines perversos, no por ello hay que cuestionar la actitud obediente del niño ni al adulto por forjarla, sino los fines que le impone ese adulto, el cual, como digo, deberá responder ante la ley si sus actos constituyesen delito.
Hay, por último, quien objeta –prepóstero mundo relativista- que el adulto no está en posesión de la verdad. De ahí la hesitación, el escrúpulo y el remilgo continuo del educador actual, de ahí la autoridad dubitativa que se desautoriza a sí misma a cada momento. Claro que el adulto es falible, faltaría más, pero ello no es razón como para ensayar una autoridad vergonzante, ni para compartir “democráticamente” el poder entre quienes nada saben de la vida. El cirujano puede equivocarse, mas no por ello le dejará el bisturí al paciente. El adulto puede fallar, cierto, pero el niño no puede acertar.
El adulto puede dar órdenes insensatas y leoninas. Es un riesgo que está ahí, sin duda. Pero es un riesgo que no se conjura desautorizando la figura del adulto. Esa desautorización (más bien auto-desautorización) sólo puede comprenderse en una sociedad que, en su afán desmedido de prevenirse de la tiranía, ha llegado a conculcar la presunción de inocencia de cualquier persona investida de autoridad. Son reprobables y punibles los abusos de autoridad (en realidad, de poder), no la autoridad en sí. Cuestionar, impugnar y anatemizar la autoridad no es la forma más inteligente de prevenirse de los abusos de autoridad (de poder, insisto). A nadie en su sano juicio se le ocurriría destruir las medicinas para evitar sus efectos secundarios indeseables. A nadie cuerdo se le pasará por la cabeza prohibir el uso del automóvil para evitar los accidentes de tráfico. Sin embargo, la mayoría de los ciudadanos ve natural anatemizar la autoridad para prevenirse de los abusos de autoridad. Ha sido como matar al perro para acabar con la rabia. Lo inteligente es tratar de eliminar lo indeseable sin mermar el efecto beneficioso.
Si pensamos que toda autoridad es, en sí y por sí, culpable, difícilmente la llegaremos a ejercer con la firmeza que para sí reclama. Por razones obvias, no es al niño a quien corresponde alzarse contra el adulto insensato o protervo, sino a la sociedad.
SDA: El SÍNDROME DE DESAUTORIZACIÓN ADQUIRIDA
Esa educación para la felicidad, libre de cargas e impuestos, grácil cual libélula, inspirada en numantinas falacias antropológicas como la del buen salvaje de Rousseau, o en perversiones intelectuales como el relativismo y tontunas afines, esa educación, digo, es ya la máquina de paradojas y antinomias más portentosa de la posmodernidad. La felicidad, a cuatro leguas del hogar: gritos, nervios, impotencia y desazón diarios. Y discusiones y rupturas matrimoniales, ojo. ¿Niños motivados? Nada más lejos de la realidad: niños ociosos y llorones a quienes nada satisface y contenta. El agasajo permanente los vuelve ingratos. Y la ingratitud es la antesala de la infelicidad. ¿Democráticos? Más bien, despóticos, siempre con la lágrima en el ojo o el exabrupto en la boca. ¿Por qué lloran y protestan tanto? Muy sencillo: porque les estamos pagando por ello. Llorando y protestando consiguen lo que desean. ¿Quién de nosotros no estaría todo el día lagrimeándole al jefe si cada vez que lo hiciésemos nos diera 20 euros para que nos callásemos? ¿Solidarios? Ni por asomo. ¿Dialogantes? Digamos, respondones. ¿Autónomos? Sí, para exigir que les asistan…
Queja común de muchos padres es que sus hijos no les hacen caso. Lógico, señores padres: nadie les ha enseñado a ello, ustedes no se han hecho respetar, no les han enseñado a obedecer. Ustedes tienen lo que yo llamo el SDA: el Síndrome de Desautorización Adquirida. Es un virus ideológico que mina las defensas intelectuales de quien lo contrae. Los infectados, que se cuentan por millones, no tienen defensas ante el niño: no saben darle ninguna orden, no saben imponerle ningún castigo o se lo levantan a las primeras de cambio, le hablan como si fuera su igual (y no lo es), lo sobornan y halagan continuamente (convirtiéndolo en un ingrato), lo idolatran (y lo hacen desdeñoso), lo consienten, no le han enseñado el significado de la palabra no (y hace lo que quiere), le prestan una atención desmedida o patológica (se siente el centro de atención, el rey de la casa), no le imponen deberes, le sacan siempre las castañas del fuego, le esconden la dureza de la vida (pero él no lo sabe), lo llevan entre algodones, le hacen mil regalos, se rebajan a discutir con él, creen que sus rabietas lo harán sumamente infeliz (y no aprende a tolerar la frustración), se desautorizan entre ustedes ante él… Francamente –y lo siento-, difícilmente se podría hacer peor. Pero hay una vacuna contra ese virus. Se llama sentido común y no precisa receta médica.
SÍNDROME DEL EMPERADOR
El SDA paterno ha generado un síndrome filial: el del emperador. No en todos, por supuesto, pero sí en muchos, y la cosa va en aumento. Lo tienen aquellos niños que tiranizan a sus padres o hermanos y convierten el hogar en un pequeño infierno. En su despótica vesania llegan a insultar, amenazar o agredir a sus familiares. Trascribo a continuación, muy brevemente, algunas notas tomadas de Internet (recomiendo al lector buscar más información al respecto. La hallará sin dificultad):
Las cifras del problema
Las estadísticas no sangran, pero muestran tendencias. El Fiscal General del Estado Español recibió en el año 2006, 6.000 denuncias paternas sobre maltrato. Padres y madres que acudieron a las autoridades asustados por niños y jóvenes de 7 a 18 años que insultan, amenazan o golpean a sus familiares.
El asunto es preocupante toda vez que el fenómeno ha aumentado y se constata en el 2009 un aumento ocho veces superior a lo que ocurría el año 2000.
Es más inquietante al saber que sólo un 10% de los casos son denunciados y corresponden a los episodios más graves.
Razones del síndrome
Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, autor del libro “El pequeño dictador” sostiene que:
“algunos psicólogos y pedagogos han transmitido el criterio de que no se le puede decir no a un niño, cuando lo que le neurotiza es no saber cuáles son sus límites, no saber lo que está bien y está mal. Ésa es la razón de que tengamos niños caprichosos y consentidos, con una filosofía muy hedonista y nihilista“.
Según Urra, si un niño
“hace lo que quiere, que piensa que todos a su alrededor son unos satélites, que a los dos años no ayuda a recoger los juguetes, que jamás se pone en lugar del otro, aprende que la vida es así y la madre es una bayeta que sirve para ir detrás de él“.
Más que preocupante, diría yo. Si sólo un 10% de los casos es denunciado, hágase la multiplicación pertinente. Tenemos sobre 60.000 menores con ese síndrome. ¿Algún docente en su sano juicio cree que podría enseñarle matemáticas o lengua a un chico habituado de insultar y agredir a sus propios padres y abuelos? Ya sé que no todos los chavales tienen ese síndrome, faltaría más. Pero es que no hace falta llegar a esos dramáticos extremos para empezar a preocuparse, ni para entender que estamos ante un fenómeno que requiere la máxima atención y desvelo. Sin duda, un porcentaje grande de niños no llegan a tenerlo, pero se quedan en un nivel de insolencia que los hace intratables y, desde luego, inservibles para el estudio.
¿POR QUÉ TODO ESTO?
Una de las razones más oídas para explicar todo este desbarajuste es que los padres de hoy están ausentes la mayor parte del día por cuestiones laborales, de modo que no tienen tiempo para atender y educar adecuadamente a los hijos. No negaré que sea un factor a tener en cuenta. La madre del cordero, sin embargo, no está ahí. Dos observaciones al respecto: 1. Los padres de hace décadas (los pre-constitucionales y anteriores, aunque no sé si los antediluvianos) tampoco disponían de mucho tiempo que dedicar a los hijos. Las tareas domésticas eran agotadoras y absorbentes. Los padres, por su parte, solían llegar a casa rendidos del trabajo, tras una dura jornada en la fábrica o detrás del arado. Para colmo, solían ser familias numerosas: no había tiempo para atender con esmero a cada hijo. Era imposible. Hoy, por el contrario, son muchos los hijos únicos y no es obvio que reciban menos atención paterna que aquéllos. 2. Más revelador: He podido observar que en aquellos hogares en que un progenitor está en casa a tiempo completo, el desbarajuste sigue siendo el mismo, por no decir mayor. El problema no radica ahí. Radica en las pésimas prácticas educativas que una mayoría de padres emplea cuando están con los niños. Tan malas son esas prácticas que, al cabo, los niños acaban siendo los que dan órdenes a sus adultos. Y esto supone el caos y el interregno.
(Mención y análisis aparte merecen los trastornos emocionales infantiles causados por separaciones y divorcios, masivos y en aumento hoy día. No puedo estudiarlos aquí. Baste decir lo obvio: que tienen un influjo pésimo o letal en el alumno).
¿Por qué todo esto? Porque el SDA es un potente virus ideológico que fagocita el sentido común del padre (o docente). Ese virus está armado de las más sofísticas falacias paidocéntricas, cuya enjundia desquicia todo el sistema conceptual de la persona infectada y destruye el disco duro de la racionalidad. Así, por ejemplo, la víctima confundirá autoridad con autoritarismo, disciplina con rigor castrense, orden con dictadura, esfuerzo con esclavitud, sabiduría con absolutismo, responsabilidad con sometimiento, presión con represión, excelencia con clasismo, prudencia con inhibición o apocamiento, comedimiento con auto-represión, pudor con mojigatería, urbanidad con elitismo, teoría con rollo y prejuicio, tradicional con anticuado, cultura con ranciedad, erudición con pedantería, fuerza de voluntad con auto-flagelación y negación de la libertad… Por eso es misión casi imposible discutir racionalmente con el infectado. Cada palabra que uno dice la connota de significados ominosos. Así no hay manera.
VAMOS A LA ESCUELA
Vamos a la escuela con este niño a quien sus padres no le han enseñado a obedecer, a ver qué pasa. ¿Qué se encuentra el maestro y el profesor? A un niño incapaz de atender, de prestar atención ni veinte segundos seguidos. Eso es lo que pasa. Repare el lector en la definición de educación del RAE: “cortesía, urbanidad”. ¿Y qué es cortesía?: “Demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que tiene alguien a otra persona.” ¿Y qué es urbanidad? Esto: “Cortesanía, comedimiento, atención y buen modo”. En ambas palabras aparece la voz “atención” (atención al otro). Pues bien, este es el problema, amigos: que los niños maleducados no prestan atención a sus semejantes. En este caso, a sus maestros. ¿Cómo queremos entonces que aprendan? Nuestro sistema de enseñanza quiebra por lo más básico, por sus mismos cimientos. Quiebra porque los alumnos no han aprendido (no se les ha enseñando) a prestar atención a nadie (salvo a sí mismos). Sin respeto y consideración hacia el otro, nada puede ingresar en la inteligencia (no el pensamiento del otro), que queda condenada a vagar en un laberinto de solipsismo e idiotez (o atrapada en la Red). Este es nuestro drama. Falla la educación y, por consiguiente, falla la enseñanza.
Este déficit de atención hacia el adulto se generaliza a la atención intelectual. Me lo confirma una prima maestra de un pueblo de Castellón. Me cuenta que hace unas décadas, los niños pequeños podían copiar en su cuaderno el contenido de toda la pizarra. Hoy, no, ni mucho menos. Esas criaturas llegan a clase con un severo déficit educativo: Un severo déficit de atención. Nadie les ha enseñado a obedecer reglas. Por eso tantos maestros se quejan del aumento de niños hiperactivos. Muchos no lo son. Son niños a los que no se les ha enseñando a centrar la atención: a obedecer al adulto y observar normas y reglas. Dicho coloquialmente: están neuróticos perdidos. La moraleja es muy aleccionadora: los niños con déficit de atención social (no atender al adulto), no desarrollan convenientemente la atención intelectual (prestar atención a una explicación). La social precede y prefigura la intelectual. Por algo somos seres sociales.
Los problemas académicos no aparecen en el tramo de los catorce a los dieciséis años, sino mucho antes, en la misma Primaria. Lo que ocurre es que, a partir de los catorce, el chaval es ya por completo intratable e inmanejable.
La escuela logsiana, para colmo, continúa el laisezz faire familiar. El chico seguirá viviendo en el país de las maravillas, por completo ajeno a deberes y responsabilidades. Todo un arsenal de medidas, recursos materiales y humanos (sus rendidos fámulos) se dispondrá en su favor: psicopedagogos, profesores terapéuticos, asistentes sociales, maestros de apoyo, adaptaciones curriculares, abajamiento de contenidos académicos, excursiones, ordenadores, clases comunicativas y divertidas, vídeos, musiquillas, lemas halagadores de la juventud… Cualquier cosa menos exigirle que estudie.
Por eso dije más arriba que la escuela actual maleduca en la parcela que le toca. Obsérvese cómo, de nuevo, falla la cosa en el terreno de la educación. Después, y consecuentemente, en el académico. Consentir al alumno, eximirlo de responsabilidades, permitir que campe por sus respetos, no presionarlo, no obligarlo a obedecer (a estudiar y comportarse bien)… El fracaso académico es consecuencia de un sistema familiar y escolar que lo maleduca. La mala educación es la antesala de una enseñanza mala. El desastre perpetrado en los hogares se continúa en las escuelas y cuaja, por fin, en las calles, a instancias de una lenitiva Ley del Menor. Entre la LOGSE y lo que ocurre en las casas no hay discordancia, sino perfecta armonía.
¡SE DEROGÓ LA LOgsE!
Imaginemos la mejor situación posible para un futuro no lejano: tras la presión de Deseducativos y otras asociaciones repartidas por España, los políticos han recobrado el sentido común y han derogado las leyes vigentes sobre educación. Se acabó abaratar y regalar títulos. En adelante, se exigirá esfuerzo y resultados a los alumnos. La ley requerirá e impondrá disciplina y respeto a los discentes. Ah, será fenomenal. Motivo de alegría y celebración… Nos está permitido soñar, supongo.
Lo cierto, por desgracia, es que no hay señales de cambio en el horizonte. No lo suficientemente claras. Pero lo peor de todo, estimados amigos, es que una ley sensata, siendo buena y harto necesaria, no lograría sacarnos, a mi juicio, del marasmo en que nos hallamos. Sin duda, muchos padres obligarían a sus retoños a estudiar en serio, sabedores del encarecimiento del aprobado y el título. Mi opinión, no obstante, es que una cantidad enorme de padres seguiría sin saber presionar a sus hijos, hijos malcriados desde la cuna. Unos padres auto-anulados, auto-desautorizados no sabrían aprovechar la buena nueva de una ley sensata sobre la enseñanza. ¿Por qué habría de estudiar el chaval? ¿Qué consecuencias perjudiciales tendría no estudiar para él? Estas: No aprobar, no obtener el título. ¿Y qué? Lo cierto es que ya hay una cantidad ingente de chavales que no lo obtiene. Hay muchos ya en esa situación. La posibilidad de terminar la secundaria sin un título, no ha espoleado el propósito de enmienda en casi nadie. Reparemos en las cifras de fracaso escolar. Tenemos un 30% de alumnos que abandona sus estudios o no obtiene el título. Y sabemos que es una cifra falsa. Con criterios de evaluación menos lenitivos, las cifras serían bastante mayores.
Siento hacer de abogado del diablo, pero la pregunta me salta a la lengua: ¿por qué confiamos en que una ley más exigente rebajaría el índice de fracaso? A muchos de los que abandonan sus estudios o simplemente están sin estar, les importa una higa la amenaza del fracaso. ¿Qué razones tenemos para pensar que esos alumnos que son suspendidos y los que son aprobados por los pelos hincarían los codos con una reforma sensata de la enseñanza? El sistema les brinda las mayores facilidades del mundo y, sin embargo, se quedan por el camino. Obviamente, el problema no reside en los que aprueban con cierta holgura. Estos, con seguridad, pondrían más empeño y esfuerzo, adaptándose a los nuevos requerimientos. Pero toda esa población de alumnos que hoy fracasa o que tiene un éxito falso, simplemente tropezaría antes académicamente hablando si la ley se volviese más exigente con ellos, lo cual sería de utilidad para chicos con padres con autoridad, pero no para quienes no los tienen. Creo que estamos en un profundo error cuando dirigimos (casi) exclusivamente nuestra atención a las nefastas leyes que tenemos. El problema, me temo, es más hondo. Cualquier político sabe intuitivamente que, dada la mentalidad de los padres y alumnos de hoy día, la aprobación de una ley exigente no haría otra cosa que evidenciar o destapar un mayor índice de fracaso escolar. Por eso nadie, ningún político, está dispuesto a dar el paso. Por eso optarán por más de lo mismo; es decir, por ensayar la consabida fórmula del abaratamiento del aprobado y del título, de maquillar o falsear descaradamente las estadísticas remitidas a los inspectores europeos. No les queda otra. Saben que la escabechina sería terrible con una ley seria y rigurosa. Y para el ministro y el gobierno de turno eso sería tanto como aceptar el suicidio político o electoral.
Nuestro verdadero problema reside en que, a la par que contrajimos la LOGSE, la población de padres quedó seducida por los cantos de sirena igualitaristas, el laissez faire y la permisividad en el hogar: la “educación feliz”; y quedó a merced de un síndrome (el SDA) de terrible potencia aniquiladora. Y ahora lo que nos aflige no es sólo una mala ley, sino una mentalidad por completo contraria al espíritu de la excelencia, el esfuerzo, el mérito o el sacrificio. Algo que afecta tanto a niños como a adultos. En realidad, a la sociedad entera.
Nadie tendrá que contarme los estragos que ha causado la promoción automática. Ha actuado esta como un anestésico: elimina el dolor pero no cura la herida. A los padres, desde la implantación de la Reforma, les ha faltado información puntual (retroalimentación), veraz y realista del desarrollo académico de sus hijos. Confiados en que estos no podían, por ley, quedar retrasados por mucho tiempo, quizá han llegado a imaginar el “Título Automático” tras la Secundaria. No en balde, sé de algunos que lo reclaman para sus polluelos como un derecho. La confianza, dicen, mata al hombre. No otra cosa nos ha matado aquí: un sistema que ha permitido que muchos padres, despistados con los bálsamos estupefacientes del “progresa adecuadamente” y la promoción automática, hayan bajado la guardia por completo desde un principio. Para cuando algunos hayan querido reaccionar, era tarde: a su niño, malacostumbrado por la ley o leyes de marras, ya no había fuerza humana capaz de hacerle estudiar nada. Y es que a la “promoción automática” le corresponde, lógica y psicológicamente, el “título automático”: “si me has estado aprobando y promocionando durante toda la escolarización sin merecérmelo, ¿por qué ahora me niegas el título aduciendo que no me lo merezco?: ¡si el mérito no importaba ayer!”.
Pues bien, una ley sensata que eliminara la promoción automática y restableciera un sistema de evaluaciones riguroso y detallado, devolvería a los padres la información académica realista que hoy se les niega. Sabrían pronto de las aptitudes y actitudes del niño y tendrían oportunidad de corregir sobre la marcha sus tropiezos o estancamientos. Es decir, entiendo la imperiosa necesidad de derogar unas leyes como las que tenemos. Lo que digo, lo que añado es que eso no sería suficiente. Por un lado porque al igual que la población de alumnos se ha acostumbrado a la buena vida escolar, también lo han hecho sus padres. La LOGSE y siguientes engendros legales han malacostumbrado a todos. A unos, los alumnos, a no estudiar. A otros, los padres, a no tener que exigir el estudio. Por otro lado, como vengo argumentando desde el principio, porque los progenitores postconstitucionales padecen el Síndrome de Desautorización Adquirida. Todo ello junto nos deja en la penosa situación en que hoy nos hallamos.
Al chico se le puede explicar que tendrá un futuro laboral comprometido si no estudia. Sí, pero lo cierto es que él llega a casa y tiene su equipo de música, su ropa de marca, su Play, su cena puesta, su moto para fardar, su licencia para holgazanear, su dinero para alcohol y demás drogas; o sea, todos los privilegios intactos. Él no ve el peligro. Ni lo huele. Él no ve la ventaja de estudiar. La vería si los padres supieran ponerse en el lugar que les corresponde y no anduvieran con miramientos igualitaristas a la hora de ejercer su autoridad. Si acertasen a recuperar la autoridad que nunca debieron perder y le obligasen a estudiar. ¿Cuántos adultos se asustarían de perder el trabajo si siguieran conservando el sueldo?
Si tenemos una población de padres con el Síndrome de Desautorización Adquirida y una población de niños insolentes o, en el peor de los casos, con el Síndrome del Emperador, ¿nos está permitido ilusionarnos con que un cambio de leyes sería suficiente para sanear la escuela?
EL PESO DE UNA AUSENCIA
Los padres no sólo faltaban en esta bitácora tan singular. Eso tenía remedio, al menos en lo que a mí respecta. Lo malo, lo realmente serio es que los padres de hoy (muchos, no todos, por supuesto, pues no hay regla sin excepción) están ausentes respecto de sus hijos. Padres que quieren ser amigos o colegas de sus niños son padres ausentes, evasivos, en retirada. Otras veces, obsesivos, ansiosos e hiperprotectores. Rara vez firmes y serenos. En muchos sentidos importantes supone la orfandad virtual para el niño.
Recuerdo bien que, hace unos años, Manuel Torreiglesias, el anterior presentador de “Saber vivir”, se lamentó un día de que cuando se anunciaba la sección en que tocaba hablar de los problemas entre padres e hijos, indefectiblemente, se producía un bajón tremendo en los índices de audiencia. ¿Acaso no les interesa a los padres dicha sección? ¿No les afectan los problemas de que allí hablaban expertos en educación? ¿O quizá, más bien, cambiaban de canal por esquivar una sensación de angustia e impotencia?
¿Y de qué no se quieren enterar los padres? De todas aquellas conductas filiales que no saben cómo controlar: rabietas, contestaciones, amenazas, violencia, despotismo, drogadicción, tabaquismo, borracheras, botellón, sexo sin protección, embarazos no deseados, abortos, pandillas callejeras, conducción temeraria, malas compañías, delitos familiares, acoso escolar, violencia entre jóvenes, gamberrismo…
Nuestros niños son los terceros más gordos del mundo, solo por detrás de los estadounidenses y los británicos. La razón es sencilla: al niño se le ofrece comida muy calórica y sabrosa porque es, obviamente, la que más le gusta. No se le sabe negar por miedo a sus rabietas y malos modos. Los padres, además, como ya dije, quieren ver siempre feliz a sus retoños. Piensan que frustrar sus deseos gastronómicos –o cualesquiera otros- lo traumatizará o lo hará infeliz. O que si no se le da lo que desea, dejará de quererlos. ¿No es grave que los padres no sepan cuidar de la salud de sus propios hijos? ¿No es grave que muchos niños estén condenados a sufrir enfermedades crónicas que limitarán su longevidad y calidad de vida por culpa de una dieta insana?
Estamos a la cabeza de Europa en consumo de cocaína. El cannabis todavía se consume más. El número de embarazos no deseados y de abortos de menores es igualmente alarmante. Omito cifras y datos porque el lector interesado, el que no quiera jugar al avestruz, podrá encontrarlos fácilmente en Internet.
Todos estos problemas conductuales no están causados por la LOGSE. Su origen está en las familias, en unos padres igualitaristas, mayormente bienintencionados, pero incapaces de controlar a sus pimpollos. Si se muestran incompetentes para controlar al niño de dos años, ¿cómo podrían saber controlar a los de catorce? Nada puede extrañar que prefieran mirar para otro lado y delegar en otros, en maestros y profesores, la indelegable tarea de educar a sus hijos. A este paso, lo de menos será si el niño estudia o no. La lógica preocupación de los padres será que sus vástagos no se metan en líos de drogas, pandillas, sexo sin protección…
Para todo hay fórmulas de consuelo. Cuando yo he presentado a algunos contertulios liberales datos y argumentos sobre la preocupante deriva conductual de gran parte de nuestros jóvenes, he recibido siempre la misma respuesta: “antes era peor; con Franco todo era peor. Nuestra época es preferible.” Triste, estúpido e improcedente consuelo.
Tenemos, señoras y señores, un problema de primer orden. Y no podemos esperar respuesta de nuestros inefables políticos, como no la podemos esperar en relación a las leyes educativas (LOGSE, LOE…). Ellos solo tienen sonrisas, prebendas, subvenciones y promesas falsas para los padres, sus clientes. Nadie saldrá al escaparate público para hablar sin eufemismos de la cuestión y pedir a los padres que cumplan con su impostergable deber de educar a sus hijos, tal como lo establece la ley y el sentido común. No habrá ninguna “campaña de concienciación” al respecto. Sería un pecado de incorrección política demasiado grande. En un sistema venal como el nuestro, en una democracia infectada de demagogia, la casta política, muchas veces, más que solucionar problemas, los crea.
Ya habrá advertido el lector que no voy buscando amigos. No me importa nada ser políticamente incorrecto. No obstante, nadie se confunda: en modo alguno mi objetivo es incomodar o molestar. Ocurre, eso sí, que no soy político ni mercader que precise vender su producto a costa de mentiras, eufemismos y vanas promesas. Sólo me mueve el deseo de contar honradamente lo que a mí me parece una verdad ostensible; tanto, que sólo un histérico y forzado acto de ceguera podría preterirla. No lo niego: bastantes conductas paternas me parecen reprobables. Aquellas que bordean la negligencia. Con seguridad, empero, la mayor parte de los padres quiere lo mejor para sus retoños y sus intenciones son buenas. En general, no falta amor por los hijos, ni preocupación por ellos. Lo veo todos los días en mis queridos amigos: personas inteligentes y bien formadas que, no obstante, andan tremendamente confundidas a la hora de educar a sus hijos. Demasiadas falacias pueblan y trastornan su pensamiento. A veces, me tomo la confianza de advertirles e instruirles sobré qué cosas deben o no hacer. Me dan la razón, y no la de loco. Sin embargo, se muestran emocionalmente incapaces de aplicar las sencillas instrucciones que les doy. La rabieta del crío les puede.
Señores padres, queridos padres: no podemos seguir así. Olvídense de las consignas igualitaristas aventadas durante varias décadas por los falsos gurús del buen rollo. Dejen ya de ser epígonos de los santones del igualitarismo y de pedagogos de la farfolla y la quimera. Retomar la autoridad no equivale a ejercer de déspota. No tiene nada que ver lo uno con lo otro. Amor y disciplina no sólo son compatibles. Son necesarios.
Den un paso adelante. Comparezcan ante sus hijos y ejerzan de padres. Su ausencia pesa demasiado.