El solo nombre de alguno de los especímenes de los que antes hablaba se basta, a veces, para que en el imaginario activo del posible lector de estas líneas emerja una presencia tan acabada de lo que quiero combatir que bien pudiera ahorrarme ulteriores maledicencias y exégesis, si hubiere lugar.
Pongamos por caso éste:
Vicente Martínez Pujalte.
Ni demasiado conocido ni desconocido totalmente: perfecto representante del paradigma que, en el ámbito de la derecha montaraz, encarna los deleznables atributos de la más acabada y deprimente vulgaridad.
¿No está, acaso, todo dicho, una vez dicho su nombre? No, claro está, para quienes, ¡afortunados ellos!, vivan al margen de la realidad parlamentaria y política, esa masa creciente de abstencionistas entre los que son número moderado los escépticos hiperconscientes y número astrofísico los zafios.
Aun así, y tanto para quienes ignoran su existencia como para quienes padecen sus histriónicas y demagógicas actuaciones, repasemos las rasgos definitorios del eminente fanático conservador, amante de la jerarquía, leal al polifacetismo de las ya defenestradas mentiras acebeñas y zaplaniles, sumo sacerdote del fariseísmo y activista hooliganero del filibusterismo y la negación de la esencia parlamentaria: el diálogo. No en vano destaca, entre sus méritos insignes, el de haber sido el primer parlamentario expulsado del salón de plenos.
Somos hijos de nuestro diseño genético, cierto; pero no lo es menos que, a menudo, nos complacemos en él y lo tomamos por acabada muestra de la sabiduría de la naturaleza. Nadie que haya escuchado torticeros argumentos en la agudísima voz de cochinillo en trance de degüello del tal Pujalte y padecido el horrísono humor de su risa filamentosa de reidor habitual de chistes de mariconsones puede dejar de sentir un escalofrío estético de tal naturaleza que le lleve a considerar si es atinada, más allá de su justicia o injusticia, la decisión científica de hacernos individuos de una misma especie común.
Disfrazado de hombre rumboso, con chaquetas cruzadas de cuatro palmos más de tela, y ostentando la austeridad de quienes renuncian al cuello para evitar que, en su día, les ruede con facilidad la cabeza rectora de sus cuatro dogmas de baratillo, Pujalte encaja el cerebelo entre los hombros y se le dispara hacia el cielo una faz en la que brilla la mirada maliciosa del cerebro reptilíneo que la anima, y en la que destaca, como proa de navío de la celebrada edad dorada, un apéndice olfativo que huele “socialistas” a más distancia de la que los tiburones huelen la sangre vertida o las abejas huelen a sus congéneres, y no ciertamente para el apareamiento, sino,disimiladamente, para el apaleamiento del bu!, del anda ya!, del serás mentiroso!, del vete con tu abuelo! y otras lindezas chocarreras de peor jaez.
¿Por qué será que la ideología, a veces, condiciona la morfología corporal? Entre las flacideces abdominales, tan propias de ser tan dado a la risa congestiva y jadeante como el bregador (sic, sí, con e, no jodamos…) Pujalte; el derroche caderoventral del bañista nuclear de Palomares; las expansiones de barril desflejado del extinto Gil del GIL de las corrupciones verdes, y otras desventuras estéticas…, la vulgaridad de ciertas formas habitan, por via paradójica, en espíritus devotos de la firmeza y, sobre todo, de la firma… en el BOE.
No está solo, Pujalte, en esa épica parlamentaria de la vulgaridad patria, sino demasiado bien acompañado, porque son legión los seres singulares que cohabitan con él en el Olimpo de la representación política. Desde su propio jefe máximo, Aznar, el funcionario de éxito y productor conspicuo de destilada y nasalizante ideología apolillada veterotradicionalista, hasta el prevaricador excelso de la prosodia castellana, Rodríguez Zapatero, tan dado a cortar los segmentos prosódicos como si inaugurara Aves o Autovías o Ambulatorios, pasando por la presencia siniestra de NachoAstarloa, con su entrañable imagen protectora de inseparable compañero de Nosferatu, o la apicarada y maliciosa retórica, con resabios de pellizcos de monja, de José Blanco, diana de tantos cazadores ad hominem como se ejercitan en los predios populares y aledaños.
No son pocos, ciertamente, los engendros que el propio pueblo nos regala para exhibirse ante él en un ejercicio de espectacular y especular masoquismo. Sería larga la lista y no se guarda memoria colectiva de todos ellos. ¿Quién se acuerda ya de las patéticas orgías del ingeniero Roldán, con más tejido adiposo por metro cuadrado que el contenedor de desperdicios de una clínica de restauración corporal, por ejemplo? ¿Quién es capaz de ligar nombre e imagen en el caso de Antonio Hernández Mancha, alias Pipino el breve, insigne parlamentario y efímero líder máximo en la travesía del desierto de la rancia y avinagrada derecha española? ¿Quién recuerda el número astrofísico de millones de pesetas que la Banca perdonó a los intuitivos creadores del gran invento político del siglo, el Partido Reformista, con Miquel Roca i Junyent, alias míster tema, a la aproada cabeza, hoy abogado de éxito al que nunca –a diferencia de lo que ocurre con muchos otros acreedores bancarios, sobre todo del sector hipotecas euríbor + cero coma mucho… imposibles de pagar – le han pasado al cobro aquella astronómica factura?