Otra mentira más
Leo en El País Semanal un artículo en el que entrevistan a una serie de adolescentes. El tema central es dilucidar si los jóvenes de hoy son más o menos maduros que sus predecesores. En las entrevistas se suceden los tópicos propios de la edad: Mis padres no me entienden; tengo derecho a decidir a qué hora llegar a casa, etc. A la pregunta de si son más o menos adultos que lo eran sus padres a su edad, la mayoría responde que sí. ¿Causas? Según ellos, lo son porque gozan de mayor libertad, porque han vivido más, porque han conocido “más mundo”. Sólo uno de ellos, el último de los entrevistados, responde que no y da en el clavo de la cuestión: Mis padres a mi edad trabajaban y conocían la responsabilidad del trabajo. Yo no. Entonces sonrío y recuerdo que hace unos días me comentaba una compañera que su tutoría de 2º de Bachillerato estaba, al completo, en tratamiento psicológico debido a la ansiedad generalizada que los alumnos sentían ante la inminente PAU y por el aumento de trabajo del curso. con respecto a los anteriores.
No puedo dejar de preguntarme cuál es el fallo: hace diez años que hice el COU y tenía su misma edad. Entonces el curso era mucho más difícil y duro de lo que es ahora. Todos sentíamos la presión y la responsabiliad. Es cierto que había compañeros (especialmente compañeras) a quienes la situación les sobrepasaba y acababan acudiendo al psicólogo, pero eran casos excepcionales. ¿Por qué ahora estos adolescentes, cursando unos estudios mucho menos exigentes que los de entonces, se sienten desbordados?
Seguramente, sea la primera vez que se enfrentan de verdad a la responsabilidad. Hasta que acaban la ESO, con dieciséis años mínimo, se les ha tratado entre paños: se les ha exigido poco y, por supuesto, se les ha ofrecido menos. La etapa escolar, la protección del colegio que antes llegaba sólo a los catorce años (y que ya había pasado una terrible prueba en 4º y 6º de EGB donde muchos repetían) se extiende ahora hasta casi la mayoría de edad: sólo a los diecisiete años sienten que el futuro depende de sus actos y eso, como es normal, les aterra. Pero tampoco dejamos que la presión y el miedo les hagan crecer y madurar: enfrentarse a ellos es superar la prueba de la vida. Pero no, sus padres y tutores, aconsejados por todo el tinglado educativo, tratando de prolongar ese falso útero de protección, les niegan la necesidad de sentir una presión que es vital. Y les llevan al psicólogo. Les hacen creer que temer es malo, no les dejan ver la posibilidad de crecimiento que hay intrínseca en toda crisis.
El artículo de El País estaba enfocado al creciente debate acerca de rebajar a dieciséis años la mayoría de edad: se habla entonces de si estos adolescentes estarían preparados para (¡oh avance del progreso!) decidir si quieren o no abortar, si quieren o no fumar y beber, si quieren o no sacarse el carnet de conducir, si quieren o no independizarse de sus padres. Contradictoriamente, se pone en marcha el falso debate (porque a todas luces ya está decidido) de si la educación obligatoria debe ampliarse hasta los dieciocho. ¿No suena contradictorio? Qué gran mentira les estamos contando a estos jóvenes, haciéndoles creer que, por fin, el mundo adulto entiende y cree en la madurez de los dieciséis años. Que tantas generaciones de adolescentes que se enfadaron con sus progenitores por no dejarles salir hasta tarde y les gritaban “Es que vosotros nunca me entendéis” han pasado a la historia y por fin, los adultos reconocen que era cierto, que no les entendían y que ahora sí que lo hacen.
Pero nadie les ha contado la verdad a estos chicos; nadie les ha dicho que la vida de los adultos no es pensar qué me apetece hacer ahora sino qué debo hacer. Y que el esfuerzo, el trabajo, la ansiedad del fracaso, el temor a decidir, son realmente su esencia.
Les tendremos cuidados entre paños hasta los dieciocho, pero les haremos creer que ellos son los que deciden.
Me gustaría meterme en la piel de uno de estos chicos cuando, con casi veinte años, salga de las paredes acolchadas del colegio y se enfrente al vértigo del mundo real.
Bueno, no, mejor no quiero sentirlo.





Estimada Mari Cruz,
Gracias porque nos demuestras que existe esperanza. Si alguien tan joven como tú comprende la realidad, no todo está perdido.
Un abrazo cordial.
Gracias Lozano por tu comentario. Un saludo.
Me parece que el artículo se publicó en XL Semanal
Aunque quizá lo hayan publicado en ambos suplementos
Muy bueno. Andas sobrada de razón, Mari Cruz.